Desde hace unas seis décadas y media, Francia es administrada por una suerte de hermética casta de funcionarios públicos. En efecto, la École Nationale d’Administration (ENA) es una institución peculiar, capaz de producir anualmente una pequeña élite de tecnócratas que –tras obtener el título que los consagra como abnegados “sacerdotes” de la “sacrosanta religión” de la función pública– se responsabilizan por la gestión de los asuntos administrativos más relevantes del Estado francés.
Si bien la institución fue creada desde la sincera intención de colaborar en la tarea de modernizar a Francia después de la devastadora Segunda Guerra Mundial y bajo el noble fin de garantizar la meritocracia, con el tiempo ello se fue desdibujando. Así, el viejo propósito de formar a un grupo de especialistas que eficientizase los recursos del Estado y que trabajase para asegurar el funcionamiento equilibrado de los mercados se convirtió con los años en un mero ideal regulativo y no en una verdadera meta a alcanzar.
Codeándose tanto con líderes empresariales como con gobernantes electos, los “enarcas” trabajan más para ellos mismos que para el Estado. Generalmente, al cabo de unos años de desempeño como empleados estatales, los enarcas suelen utilizar sus habilidades adquiridas y sus influencias cultivadas para saltar desde sus puestos en el sector público hacia los del sector privado –ese movimiento, llamado vulgarmente “
pantouflage”, suele complementarse con el retorno de los enarcas a la arena pública, pero esta vez con aspiraciones políticas, ansiosos por ser votados por la ciudadanía francesa.
Pese a la desviación entre la realidad y la idealidad de la que son artífices los egresados de la ENA, los políticos del Hexágono –exceptuando a aquellos que promueven discursos radicalizados contra la burocracia– por lo general pretenden que, de alguna manera, el prestigio que supuestamente tiene la élite de los enarcas se rebalse hacia todas las demás reparticiones del Estado. Sin embargo los enarcas, especialmente los mejores calificados (es decir los que suelen convertirse en auditores financieros), son percibidos por la mayoría de los franceses como casos especiales de gente con un complejo de superioridad, y a causa de ello son vistos como un conjunto de empleados dueños de una exagerada conciencia de liderazgo, que se encuentran notoriamente distanciados del burócrata promedio que puebla las oficinas públicas. Este último personaje es mucho más numeroso que el enarca del que venimos hablando, y actualmente es miembro de una aristocracia desnimbada a la que la palabra “rentabilidad” les suena como un vocablo perteneciente a una lengua muerta e indescifrable.