Mostrando entradas con la etiqueta Libros / Sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros / Sociedad. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de junio de 2015

La excusa como un género literario

Algo que en la actualidad afecta a los franceses es el desempleo. Las mediciones más recientes indican que el 10,3% de la población económicamente activa en el Hexágono no trabaja pese a querer hacerlo. El número, sin dudas, es inferior al de España o Croacia, pero es superior al de Bélgica o Polonia, y casi duplica el índice de desempleo del Reino Unido (dos países con un número similar de habitantes). 

Ahora bien, frente a ese problema social, el Estado francés ha respondido creando uno de los sistema de subsidios a los desempleados más generoso del mundo (según la OCDE, sólo Islandia y Noruega promueven mayores beneficios para la gente que no trabaja). A diario se ve cómo las oficinas de empleo son desbordadas por cientos de personas. Sin embargo lo que caracteriza a los desempleados franceses es que no sufren la presión de aceptar un trabajo, ya que el sistema de empleo fue tan manoseado en las últimas décadas, que se genera la ridícula situación en la que muchos parados prefieren seguir cobrando lo que el Estado les paga en concepto de subvención antes que firmar un contrato de empleo que les retribuya menos dinero por sus esfuerzos.

viernes, 24 de octubre de 2014

La negra provincia

Una manera de entender el triunfo del Front National es a partir de la contraposición entre París y el resto de Francia. Francia es un país centralista en el que su capital aparece como una suerte de mundo aparte, con un ritmo de vida y una serie de códigos que son propios de ahí y ajenos al resto del país. Esa dicotomía es más una representación del imaginario popular que una realidad, pero la tentación de ver una Metrópolis internacionalista y glamorosa enfrentada a una provincia obscurantista y pacata es increíblemente tentadora para muchos.  

viernes, 10 de octubre de 2014

Elementos para una estética del corazón

El llamado “síndrome de Down” debería llamarse “síndrome de Séguin-Down-Lejeune (SDL)”. ¿Por qué? Porque existen serios indicios que prueban que Édouard Séguin, en 1846, anticipó veinte años a John Langdon Down en la tarea de describir un caso de trisomía del par 21. Además las observaciones de Jérôme Lejeune realizadas a fines de la década de 1950 y comienzos de la de 1960 contribuyeron enormemente a comprender con mayor profundidad lo que el mentado síndrome es. Por consiguiente resulta un tanto injusto que ambos científicos franceses no reciban el reconocimiento que merecen en relación a este asunto.

En el siglo XIX el médico Down había bautizado al síndrome como “mongolismo” (pues encontró que quienes padecían de esa condición orgánica singular se asemejaban a la raza mongoloide descripta por el célebre naturalista alemán Johann Friedrich Blumenbach), pero en el siglo XX esa denominación fue sustituida por la actual, debido a que hubo protestas ante la Organización Mundial de Salud de la propia República Popular de Mongolia por la connotación peyorativa que se asociaba al término. Hoy en día, tras más de 150 años de investigación científica sobre el tema, la humanidad ha adquirido una mirada muy justa sobre las personas que padecen el SDL, por más de que aún existan quienes entienden a esa condición como incómoda y hasta indeseable.   

sábado, 16 de octubre de 2010

Sin burocracias en la lengua

Desde hace unas seis décadas y media, Francia es administrada por una suerte de hermética casta de funcionarios públicos. En efecto, la École Nationale d’Administration (ENA) es una institución peculiar, capaz de producir anualmente una pequeña élite de tecnócratas que –tras obtener el título que los consagra como abnegados “sacerdotes” de la “sacrosanta religión” de la función pública– se responsabilizan por la gestión de los asuntos administrativos más relevantes del Estado francés.

Si bien la institución fue creada desde la sincera intención de colaborar en la tarea de modernizar a Francia después de la devastadora Segunda Guerra Mundial y bajo el noble fin de garantizar la meritocracia, con el tiempo ello se fue desdibujando. Así, el viejo propósito de formar a un grupo de especialistas que eficientizase los recursos del Estado y que trabajase para asegurar el funcionamiento equilibrado de los mercados se convirtió con los años en un mero ideal regulativo y no en una verdadera meta a alcanzar.

Codeándose tanto con líderes empresariales como con gobernantes electos, los “enarcas” trabajan más para ellos mismos que para el Estado. Generalmente, al cabo de unos años de desempeño como empleados estatales, los enarcas suelen utilizar sus habilidades adquiridas y sus influencias cultivadas para saltar desde sus puestos en el sector público hacia los del sector privado –ese movimiento, llamado vulgarmente “pantouflage”, suele complementarse con el retorno de los enarcas a la arena pública, pero esta vez con aspiraciones políticas, ansiosos por ser votados por la ciudadanía francesa.

Pese a la desviación entre la realidad y la idealidad de la que son artífices los egresados de la ENA, los políticos del Hexágono –exceptuando a aquellos que promueven discursos radicalizados contra la burocracia– por lo general pretenden que, de alguna manera, el prestigio que supuestamente tiene la élite de los enarcas se rebalse hacia todas las demás reparticiones del Estado. Sin embargo los enarcas, especialmente los mejores calificados (es decir los que suelen convertirse en auditores financieros), son percibidos por la mayoría de los franceses como casos especiales de gente con un complejo de superioridad, y a causa de ello son vistos como un conjunto de empleados dueños de una exagerada conciencia de liderazgo, que se encuentran notoriamente distanciados del burócrata promedio que puebla las oficinas públicas. Este último personaje es mucho más numeroso que el enarca del que venimos hablando, y actualmente es miembro de una aristocracia desnimbada a la que la palabra “rentabilidad” les suena como un vocablo perteneciente a una lengua muerta e indescifrable.

jueves, 15 de julio de 2010

Proletariatura

Las temporadas en el infierno

En noviembre de 2008 la prestigiosa revista Paris Match publicó un artículo en el cual abordaba el tema de los nuevos pobres que la última crisis financiera internacional produjo en Francia. En aquella oportunidad los periodistas recorrieron diversos lugares en los que se asiste a personas carenciadas y recogieron varios testimonios, entre los cuales se encontraba el de Nelly Zin, una joven de 27 años, madre de dos niñas pequeñas, y poseedora de un Baccalauréat (un título que atestigua que está capacitada para ingresar en la educación superior) con orientación en secretariado administrativo. Encontrar a alguien así en un comedor comunitario representa una dura muestra de la deriva económica en la que se encuentra Europa, por lo que de algún modo Zin se convirtió –al menos para los lectores de la revista– en el rostro contemporáneo de la pobreza que, como sugería el filósofo Emmanuel Lévinas, obliga al interlocutor a ejercer el cuarto mandamiento bíblico en una modalidad diferente a la habitual: del “no matarás” se pasa al “no me dejarás morir”.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails