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viernes, 8 de julio de 2016

Viento, arena y estrellas

Hace un par de años atrás François Suchel, un piloto de Air France, publicó Sous les ailes de l’hippocampe, un libro que reúne fotografías y testimonios sobre su viaje de ocho meses en bicicleta desde Cantón hasta París. La extensa travesía fue su modo de paliar una situación un tanto ridícula: siendo un hombre que había viajado a todas partes del mundo, apenas lo conocía, puesto que su profesión lo obliga a confinarse en su cabina presurizada y lo insta a mantenerse alejado de los climas, los paisajes, las lenguas y las costumbres extranjeras (las cuales apenas rozan la comodidad de los cuartos de hotel en los que le toca alojarse).

Pues bien, el nombre de Suchel reapareció este año en el mercado editorial del Hexágono con el título 6 minutes 23 séparent l’enfer du paradis. En esta obra el piloto vuelve a recoger fotografías y testimonios pero centrados esta vez en aquello que vivió sobre el aire.  

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El llanto, la risa y la muerte

Mes sincères condoléances es una antología de cuentos breves acerca de la muerte (pero como la muerte es algo inenarrable, entonces los cuentos giran en torno a cómo las personas experimentan las muertes de los otros). Algunas de las piezas son emotivas, otras son hilarantes. La mayoría de ellas tienen como escenario a Bretaña, aunque el narrador no es el mítico Ankou, sino un hombre llamado Guillaume Bailly. 

Bailly es un sepulturero que, como la mayoría de los que ejercen el oficio, llegó al mundo de los entierros por casualidad, después de haber trabajado en otros sectores. Sin embargo pronto entendió la mecánica que rige a esa práctica y se convirtió en una suerte de experto en el área. Uno se imagina que, en un ámbito como ese, no es mucho lo que sucede, que el trabajo del sepulturero sólo consiste en facilitarle el duelo a gente compungida por la pérdida de los seres queridos, pero Mes sincères condoléances demuestra que entre el lecho de muerte y el cementerio hay mucho más que eso.   

jueves, 17 de junio de 2010

Castillos en el agua

Jacques Rougerie es un arquitecto francés que ha diseñado numerosas edificaciones para ambientes tan diversos como lo son la tierra y el espacio. Muchas de sus obras han sido exitosamente materializadas, lo que le ha permitido ganarse la fama de ser un diseñador si no vanguardista, al menos refrescantemente original. Sin embargo el sector en el que Rougerie se siente más a gusto es, sin lugar a dudas, en el agua.

En efecto, este arquitecto ha trabajado tanto tiempo alrededor de la creación de espacios habitables en el agua (ya sea tanto sobre como bajo este medio) similares a los que existen en la tierra, que hoy en día nadie objetaría que se lo considere un verdadero constructor “marrestre” o “terrino”.

Rougerie estuvo vinculado durante muchos años al grupo de estudios del reconocido oceanauta Jacques Cousteau. Por ese motivo el arquitecto es también un acérrimo protector de las biosferas marinas y un entusiasta promotor de las investigaciones acerca del universo acuático. Desde 1975 trabaja en proyectos cuyos objetivos centrales son los de demostrar que los mares y los océanos no son lugares hostiles en los que sólo los marineros más feroces pueden sobrevivir, sino que, por el contrario, conforman fuentes de inagotable belleza que deberían estar al alcance de toda la humanidad, permitiéndoles así a los hombres de todas las naciones construir una nueva manera de interpretar al mundo.

jueves, 10 de junio de 2010

La literatura a la manera de Julia Malye

Durante la década de 1950 el mundo literario francés se vio conmovido por la publicación del primer poemario de Minou Drouet. La calidad del libro no era mucha, pero auguraba que si la autora desarrollaba un poco más su talento, quizás en el futuro lograría firmar una obra no condenada al olvido. Lo curioso es que Drouet, en aquel entonces, era una niña de ocho años, lo que asombró a algunos y escandalizó a otros. Estos últimos organizaron una campaña para desacreditar el trabajo de la pequeña, promoviendo la ejecución de toda clase de pesquisas grafológicas y psicotécnicas para determinar si la autora de sus textos era ella o era en realidad su madre (por la misma época sólo el famoso libro de la neerlandesa Anne Frank tuvo más peritos revisando su autenticidad que el de Drouet).
Julia Malye, quien publica su primera obra literaria, tiene, actualmente, el doble de edad que Drouet, pero más o menos el mismo talento. Escribió y, lo que es más importante aún, publicó una novela que supera las 300 páginas. Lo que habitualmente se espera de una autora de esa edad es que produzca algo así como una ficción sobre los sufrimientos y las ilusiones de la adolescencia femenina, y La fiancée de Tocqueville no defrauda en ese aspecto. Lo particular de la novela es que está ambientada en las primeras décadas del siglo XIX, durante los años del imperio napoleónico y la restauración de la monarquía.
La anécdota desde donde nace la historia es peculiar: casi por casualidad, Malye se entera que una amiga suya es descendiente de una mujer que fue la hija de un importante líder militar del ejército del emperador Napoleón I, y después descubre que ella misma es descendiente de otra mujer que vivió una suerte de romance con Alexis de Tocqueville, el famoso escritor que realizó un profundo estudio sobre el funcionamiento de la democracia norteamericana en el siglo XIX. A partir de allí construye dos personajes basadas en este hallazgo genealógico, Rosalie y Hortense, a las que ubica en aquel periodo y las hace vivir sus aventuras. El libro apunta a capturar el interés de cierto segmento determinado del mercado, y se asemeja por momentos a la película Marie Antoniette (2006) de Sophia Coppola, película que debería de haber apuntado a capturar mejor cierto segmento determinado del mercado.
En una entrevista la joven Malye sostiene que envió el manuscrito a unas 25 editoriales, hasta que finalmente una decidió asumir el riesgo y publicar y publicitar su ópera prima, pero exigiéndole que realice severas correcciones, lo que finalmente hizo. Además de sus ganas de escuchar a los editores y aprender el oficio de escritora, Malye tiene otros méritos independientes de su capacidad autoral, pero que han contribuido para que el libro sea publicado (en lugar de ser autopublicado) y haya recibido atención por parte de la prensa importante de París: ella es hija de François Malye –un historiador especializado en la época de Napoleón Bonaparte y periodista de la revista Le Point–, y asiste al famoso colegio Henri-IV –uno de los más prestigiosos de Francia, al que asistieron, entre muchos otros, gente como Michel Foucault, Jean-Paul Sartre y Jacques Maritain.
Muchos dicen que si Malye hubiese firmado exactamente el mismo libro que firma ahora pero siendo la hija de un camionero y una estudiante en un colegio de provincia, no hubiese conseguido esta entrada en este blog. Y lo más probable es que ello sea cierto.

* Malye, Julia. La fiancée de Tocqueville. Balland, París, 2010, 18,90 €

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