sábado, 7 de agosto de 2010

El hombre que escribía demasiado

La incorrección política

En el mundo literario francés más de uno recuerda que en el año 1985, en cierta emisión del programa Apostrophes (la meca televisiva para los literatos de aquel entonces), un joven elegante y anacrónico, que vestía anteojos redondos y un moño de corbata, y que cargaba con el pseudónimo “Marc-Édouard Nabe”, se presentó ante cientos de miles de televidentes para hablar de Au régal des vermines, un librillo que reunía provocativos ensayos sobre jazz, relaciones amorosas, figuras paternas, el movimiento gay, el sionismo, etc. y que estaba escrito en un estilo impecable y despectivo, haciendo recordar por momentos a las plumas de Lucien Rebatet, Louis-Ferdinand Céline e incluso Léon Bloy. Las declaraciones de aquel candoroso terrorista intelectual fueron ácidas y explosivas, y por ello la LICRA (la Liga internacional contra el racismo y el antisemitismo, no confundir con la Liga de la Justicia, una organización de superhéroes de historieta) le inició un juicio bajo el cargo de “incitación al odio racial”.
El amargo episodio desencadenado tras su participación en Apostrophes le quitó a Nabe la merecida posibilidad de convertirse en un formador de opinión mediatizado, pues a partir de aquel día quedó casi prohibido de todo espacio de alcance masivo, siendo rescatado en ocasiones por un grupo de generosos amigos. Sin embargo el ostracismo de los medios de comunicación no fue su deceso, sino todo lo contrario: ello le permitió generar en torno suyo a un público siempre dispuesto a atreverse a leerlo, y le fabricó una imagen de escritor maldito que le sirvió para desatar su lengua y olvidar la autocensura, tanto en el plano de las execraciones como en el de las exaltaciones.
Dieciséis años después de su virulento debut televisivo, y transcurridas unas tres semanas desde el infame atentado del 11 de septiembre de 2001 acaecido en Nueva York, Nabe terminó de escribir Une lueur d’espoir. En el libro el autor ensayó su giro “osamiano”, solidarizándose con la estética del supuesto autor intelectual de la destrucción del World Trade Center. A causa de ello la mayor parte de la prensa francesa se enfureció contra él; en Medio Oriente, en cambio, muchos aplaudieron su panfleto.
Aunque sus gestos siempre fueron de anarquista, y su ética siempre fue la de un místico, a Nabe se lo paseó por diversos sectores del arco político –al igual que a Maurice Blanchot, a quien se lo demonizó por sus posiciones conservadoras y antisemitas en la década de 1930, y luego, tras aprender de Lévinas mucho sobre el judaísmo, se lo criticó por su maoísmo en la década de 1960. Así, de ser tildado de “antisionista de ultraderecha”, Nabe pasó con los años a ser encasillado como un “arabista de ultraizquierda”. Empero su combate nunca fue político, sino siempre cultural: sus enemigos han sido siempre la chabacanería y el mercantilismo artístico.

Leer a Nabe

A Nabe se lo conoce en Francia por sus boutades, por su reputación incendiaria y por sus defenestraciones (fue bastante cáustico contra Christine Angot, Serge Gainsbourg, Élisabeth Badinter, François Miterrand, Michel Polac, Jean-Marie Le Pen, la izquierda, la derecha, el Dalai Lama, y muchos otros, incluyendo al abate Pierre, una especie de héroe nacional francés del siglo XX). Pero más allá de la piromanía, Nabe ha escrito libros... y muchos.
Rideau (1992) es un delicioso panfleto contra la sociedad del espectáculo; Visage de turc en pleurs (1992), una alucinada investigación acerca de sus raíces bizantinas (recordemos que Nabe se llama en realidad “Alain Zannini”, y es hijo del jazzista italoturco Marcel Zannini). En L’âge du Christ (1992) nos encontramos con una pequeña joya literaria, en la que se relata el viaje hecho a Jerusalén por un hombre de 33 años de edad.
Muchas de sus obras son elaboradas celebraciones de su mala reputación, a veces bajo la forma de aforismos (Chacun mes goûts, 1986; Petits riens sur presque tout, 1992), a veces como artículos maniqueos (Non, 1998), a veces como poemas (Loin de fleurs, 1998), a veces como alegorías (K.-O. et autres contes, 1999), a veces como entrevistas piadosamente retranscriptas (Coups d’épée dans l’eau, 1999) y a veces como volantes logorréicos distribuidos alrededor de París y pegados en sus paredes (en los que analizó eventos puntuales protagonizados por Zidane, Littell, Siné, Obama, etc). Pero son sus ejercicios de admiración lo que en verdad lo destaca, tal y como lo prueban Oui (1998) y Zigzags (1986). El jazz, “el único comunismo que ha triunfado”, le inspiró algunos bellos libros como L’âme de Billie Holiday (1986), más La Marseillaise (1989) sobre Albert Ayler y Nuage (1993) sobre Django Reinhardt.
Como novelista Nabe no ha defraudo. La primera obra en ese género publicada bajo su firma es la ochentista Le bonheur (1986), un texto que explora el universo del arte encarnado en la pintura. También escribió Lucette (1995), un homenaje al célebre Céline sutilmente construido a contrapelo, en el cual trata a la viuda del escritor y a los demás protagonistas reales como si fuesen personajes inventados.
En 2002 publicó Alain Zannini, un denso relato contenido en un abultado libro, que fuese escrito durante su exilio en la isla de Patmos. Allí Nabe recurre a su repetido truco de borrar los límites entre realidad y ficción para su propia persona, e inteligentemente subvierte de ese modo la moda tan francesa de la autoficción. El texto fue una especie de resurrección literaria, y de algún modo continúa a la novela Je suis mort (1998), en donde había examinado con mucha lucidez y sobrado espíritu lúdico cómo sería su eventual suicidio.
Con Printemps de feu (2003), un relato nacido tras un viaje a Bagdad rodeado de pacifistas chics y una simpática fauna política, Nabe rozó el exceso, probablemente crispando a Rebatet en su tumba al punto de arrimarlo al revuelque (el libro forma una trilogía bastarda junto a Une lueur d’espoir de 2001 y a J’enfonce le clou de 2004, que es una suerte de antología de textos publicados en su revista La vérite, la cual –con los editoriales firmados por el venezolano Illich Ramírez Sánchez– fue su intento por revivir L’idiot international y L’imbécile de Paris, famosas publicaciones satíricas y parapolíticas en las que participó).
En 2005, enfrentado contra la editorial que administraba la publicación de sus libros, decidió renunciar a la escritura y dedicar más tiempo a sus otras dos pasiones: la pintura y la música. Consecuentemente decidió hacer un impetuoso mutis, por lo que al reeditar Au régal des vermines le agregó una extensa introducción, “Le vingt-septième livre”, en la que fustigó a mucha gente, embistiendo particularmente contra Michel Houellebecq, a quien lo puso en sus antípodas: mientras que los textos de Nabe, supuestamente, giran en torno del jazz, de la crítica despiadada a la actualidad, del cultivo del estilo, de la exaltación del arte, del antisionismo, de Cristo, y de la revuelta contra el mundo moderno, los de Houellebecq, en cambio, versan acerca del rock, de la queja contra la época en la que a uno le tocó vivir, del descuido del estilo, de la celebración de la cultura pop, del ataque al Islam, de la vindicación del ateísmo, y de la defensa del capitalismo.   

De la triple traición o la honestidad brutal

Los diarios personales constituyen quizás el avatar más sincero del discurso autobiográfico. Emergen, generalmente, en ese espacio nebuloso en donde lo ficcional intenta desligarse de lo extraficcional en un escritor. Es decir, cuando una persona decide escribir suele desdoblarse, por lo que posibilita esa famosa división entre “autor” y “escritor” que los estudiosos en letras destacan. Pues bien, en el caso de los diarios personales vemos al autor asumir el rol de narrador y convertirse simultáneamente en un personaje; asistimos, por tanto, a un relato en que se refleja tanto al autor como también –aunque siempre en menor medida– al escritor. La operación es sutil, pero efectiva: al ficcionalizarse el autor, la vida individual pasa a ser el eje narrativo, lo que permite que se establezcan correspondencias entre la realidad en la que el escritor vive y la reconstrucción ficcional que el autor ha tejido.
Usualmente los diarios personales son mucho más ricos que las autobiografías y las autoficciones. Estas últimas, se puede decir con fines pedagógicos, son “re-presentaciones” –donde “re” sugiere una segunda presentación–, por lo que los autores intentan siempre construir una imagen del pasado desde su presente (ello explica por qué en las autobiografías de hardeuses casi todas parecen heroínas que vencieron al dragón sin dificultades, pues, según su relato, pareciera que nunca estuvieron entre sus garras). El diario personal, en cambio, habla del presente desde el presente, describe al huracán desde su ojo.
A muchos diarios personales se los ha publicado en forma póstuma. Cuando el escritor no ha expresado su consentimiento previo, entonces se puede decir que hay una triple traición: a la voluntad del autor, a la finalidad del texto y al secreto personal que dejaba un trozo de información fuera de las garras del Saber Absoluto. Pero en Francia esperar hasta la muerte para publicar el propio diario es dejar pasar una buena oportunidad para demostrar la propia honestidad, sin importar cuan brutal sea.
La literatura francófona tiene muchísimos diarios personales publicados en vida por sus autores. Los más recordados probablemente sean los de André Gide. Pero en el caso de Nabe no es Gide su modelo, sino que más bien lo es Léon Bloy (autor que, según Nabe, si uno ha crecido instruido por Canal+ o Les Inrocks, no puede considerarlo como otra cosa más que como un nazi avant la lettre). De Bloy el argentino Borges dijo que “desdichadamente para su suerte y venturosamente para el arte de la retórica, [él] se hizo un especialista de la injuria.” Con Nabe se puede aplicar la misma sentencia.
Bloy guardó un poco de veneno al publicar en vida sus diarios –veneno que se recuperó en las reediciones póstumas–; Nabe, por el contrario, nunca ahorró nada, aunque siempre se manejó con una rigurosa tranquilidad, dibujando una peculiar sonrisa al momento de escribir. 
Su diario íntimo es voluminoso: cuatro tomos (Nabe’s dream, Tohu-Bohu, Inch’Allah y Kamikaze) aparecidos entre 1992 y 2000. El quinto tomo prefiguró de algún modo su decisión de renunciar a la literatura, pues fue destruido y quemado tras finalizar la redacción de Alain Zannini. Ese holocausto fue un gesto salvaje pero útil: representaba el patear la escalera una vez que se ha subido muy alto. Los lectores perdieron la posibilidad de disfrutar de decenas de puyazos contra la cultura oficial, como también se privaron de elogiosas observaciones sobre las obras de Miles Davis, Georges Bernanos, Rainer Werner Fassbinder, Simone Weil o Salvador Dalí.
Nabe se justificó diciendo que su auto da fe tuvo lugar para no herir a sus amigos que aparecían en el escrito. Agregó que la aparición de la Internet permitió la proliferación de blogs, lo que hizo que la gente comience a perder interés en libros como el suyo.

En busca del tiempo presente  

En los primeros meses de 2010 el mundo literario del Hexágono gozó de la reaparición de Nabe. Pero dicho evento no fue gracias a alguna editorial que sacó al escritor de su silencio; Nabe, por el contrario, decidió imitar a Proust (al menos al Proust que quería dar a conocer “Por el camino de Swann”) y autoeditó su propio libro. Pero sus coincidencias con Proust terminan allí, pues en rigor la nueva novela de Nabe, L’homme qui arrêta d’écrire [El hombre que paró de escribir], revierte desde el punto de vista estético –y tal vez concientemente– a la famosa À la recherche du temps perdu.  
Al autoeditarse, Nabe recurrió a la Internet para aproximarse a los lectores. Después de haber batallado contra la editorial Rocher para recuperar sus libros (Gallimard y Denoël, compañías mucho más grandes que Rocher, se los devolvieron sin objeciones), Nabe decidió salirse del circuito de edición profesional, aquel que cuenta con un gigantesco aparato publicitario que opera a su favor, y retornó al universo de lo artesanal. Una decisión coherente que Nabe, por supuesto, tuvo que magnificar llamando a su gesto la “antiedición”, y anunciando que al combinar una práctica tan vieja como la autopublicación y una tan nueva como la promoción peer-to-peer a través de Internet (aprovechando las colas de Pareto y todo eso) estaba combatiendo a la esclerosada industria de la edición, la cual comenzó a crecer bajo un modelo monopólico desde la década de 1970 y que, por tanto, lleva años masacrando al arte. Esa combinación entre tecnología y reacción lo llevó a compararse con Ernest Hello, el famoso católico tecnófilo del siglo XIX.   
Al leer L’homme qui arrêta d’écrire se constata un viraje en la prosa de Nabe. No es para menos: tras haber anunciado su jubilación, el retorno no podía ser bajo los mismos parámetros de siempre, pues de ser así nadie tomaría sus declaraciones futuras en cuenta. El libro trata sobre un hombre que ha dejado de escribir; por ese motivo el entusiasmo y la pasión están ausentes del texto. La tonalidad de la novela es opaca y apática, muy similar a la que Georges Simenon empleaba para sus propias narraciones. De ese modo se puede decir que la historia es una suerte de tragedia trivial, muy diferente a la tragedia heroica de los antiguos: el protagonista de L’homme qui arrêta d’écrire no es trágico por su temor a la muerte, sino que lo es más bien por su incapacidad de vivir.    
Esta escritura meticulosamente contra-nabeana, se puede sugerir, es un astuto modo de emular la mediocridad (¿intencional?) de Houellebecq, de quien se decía que es el brazo literario de Hot vidéo.   
L’homme qui arrêta d’écrire nos muestra a un Nabe maduro, ya plenamente cincuentón, que vuelve sobre la década de 2000. Esa cronofagia es muy común en este autor: Au régal des vermines se nutría de la primera mitad de la década de 1980, mientras que el primer tomo de su Journal radiografiaba a la última; y así como Alain Zannini sobrevolaba la década de 1990 buscando sus claves, L’homme qui arrêta d’écrire hace lo mismo con los primeros diez años del siglo XXI.
El relato se desarrolla en el lapso de una semana, en donde el mundo no se crea sino que se difumina. La novela es muy visual, como si se tratase de un reality show que sigue a sus personajes por todo París o como si fuese un episodio de 24 sin tanto vértigo. Los objetos brillan pero el personaje principal se apaga, como si en medio de un carnaval alguien encabezase una procesión fúnebre. Lo novedoso en la poética de Nabe es su deliberado ataque contra las juventudes, especialmente contra cierto grupo numeroso de la generación de treintañeros. Contra esos náufragos culturales (que, dicho sea de paso, son encarnados en la Francia actual por personajes como Arnaud Fleurent-Didier) Nabe no tiene piedad. Pero contra quienes es verdaderamente ácido es con los supuestos timoneros culturales, cuyo exponente más visible sería Frédéric Beigbeder –una suerte de Bernard-Henri Lévy con cuenta en Facebook– a quien Sollers retrató parcialmente bajo el nombre de “Boris Fafner” en su novela Femmes de 1983.
Con su libro más reciente, Nabe apunta a desarticular cierta concepción romántica de la literatura. El plan de Proust consistía en sumergirse en el mundo contemporáneo, someterse a la vulgaridad del medio social, para ser salvado a último momento por el arte. Tal vez en su época semejante aventura era posible, pero hoy en día ello suena inviable. Nabe, de algún modo, lo ha experimentado: él no ha sido salvado por la escritura, sino que, antes bien, ha sido condenado por ella, y L’homme qui arrêta d’écrire es el mejor testimonio.

* Nabe, Marc-Édouard. L’homme qui arrêta d’écrire. Autoedición, París, 2010, 28 €  

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